El eco del tiempo me
susurra mis propios pasos desde que tengo uso de razón.
Al desandar el camino,
me encuentro de nuevo con siete años, guiando las vacas por senderos áridos;
casi descalza... Con el cuero viejo de mis sandalias y el mapa de la tierra en
mis pies lastimados.
¡Las conducía hacia el refugio de los pinares, donde el verde
estalla en hiervas rizadas y tiernas! Allí,
mientras ellas pastaban con ansia serena, yo las contemplaba con esa paz
inmensa difícil de explicar.
Me envolvía el canto
de los pájaros, el aroma del los pinos, fresco verdes, me sorprendía el baile de las
mariposas posándose en la madre selva que abrazaba los muros, allí donde las moras, dulces manjares de mi infancia, crecían al sol de la primavera-verano. Era otro mundo, dentro de la poca abundancia, el amor el calor humano de aquel entonces, creo que ha desaparecido de mapa humano.
Esto queda muy atrás,
ya ha llovido mucho...
Aquella niña descalza, me enseño que la felicidad, a veces, solo necesita un cielo azul y un prado verde.
Un recuerdo a mi santa Madre, que aunque una parálisis de medio cuerpo la impedía moverse con soltura, era la raíz que nos mantenía unidas. madre no hay mas que una, ella fue la luz que guio mis pasos descalzos, con mucho, mucho amor y alma grande.
hola marina! me encantan tus textos, en prosa y en verso.
ResponderEliminara mí casi cualquier cosa me recuerda a mi madre, y siento una punzada...
mencionas los pies. a mí cuando era más joven me daba vergüenza descalzarme, ahora ya no.
un abrazo grande, mucho ánimo y fuerza!!